Ojos tristes

Me gustaría poder escribir sobre tu piel, pero de momento solo tengo una hoja de Word en blanco.

Vivo distraído, con música en los oídos, de cuando en cuando un vistazo alrededor para saber que voy bien, que mis pensamientos no me han secuestrado y para no terminar, por ejemplo, en el tercer puente de la perimetral; esas experiencias forman carácter. Vivo tan distraído que muchas veces me encuentro con gente que conozco, paso a su lado y no saludo; no por idiota, como se apresuran a pensar, es más por distraído, porque voy preso de mil ideas y el entorno se ve borroso, ajeno.

Salgo del hospital de la policía, mientras camino enciendo mis audífonos y me dispongo a volverme invisible, cruzo a tomar la metro, un señor mayor me habla, no lo escucho, no puedo, la música está muy alta, como odio que me hablen cuando tengo los audífonos puestos, pero le entiendo, me muestra unas monedas, no tiene tarjeta para pagar el ingreso al andén, la modernidad que persigue el municipio no está casada ni vacilando con el sentido común y les importa un carajo las personas mayores, sonrío, paso mi tarjeta y le digo que siga, voltea e insiste en darme sus monedas, le sonrío y le digo que no es necesario, agradece y se va. Continúo bobeando un poco, repasando a dónde debo ir.

“hello mister, please to meet you” suena en mi cabeza Big Jet Plane de Angus & Julia Stone, cierro los ojos, la disfruto, “I wanna hold her, I wanna kiss her”, por alguna extraña razón esta canción me alegra de una forma muy triste, como buen ecuatoriano, continúo con los ojos cerrados disfrutando esa canción, “Gonna take her for a ride on a big jet plane”, la última calada de un tabaco de canela, el último sorbo de aquel tempranillo un día  impar de septiembre del 2015…que hasta hoy juraba que se encontraba perdido en los laberintos de mi memoria.

Sonrío y abro los ojos, ella está a dos metros frente a mi, observándome, no sé quién es, me sostiene la mirada un par de segundos y se voltea, un par de segundos…y no me puedo quitar de la cabeza esos ojos tristes… labios rosa, gruesos, fruncidos, vestido blanco hasta las rodillas, cabello recogido seguramente al apuro porque hay mechones que han escapado y caen a los lados de su rostro, lo enmarcan, inútilmente trata de colocarlos detrás de su oreja, pero esos mechones tienen misión: enmarcar su rostro, darle belleza a la belleza. Me regala una mirada furtiva, veloz, se da cuenta que la observo, intento no hacerlo, fallo, lo vuelvo a intentar, fallo otra vez… me rindo.

Cambio de lugar, me ubico diagonal y pienso en acercarme, me quito disimuladamente el reloj, le preguntaré la hora, me acerco despacio, aparentando buscar un lugar más cercano a la puerta para subir al bus, pienso en hablarle: hola, ¿me puedes ayudar con la hora?, la miro, me mira, me congelo. No puedo dar un paso más, tengo la boca seca, me observa desde el infinito vacío de unos ojos oscuros, vidriosos… tristes.

¿Por qué tan triste?
¿Estás bien?
¿Puedo ayudarte en algo?
¿Crees en el amor a primera vista? Porque desde hoy, yo sí.

Nada sale de mi boca.

Lo último que puede querer una chica linda con ojos tristes es a un gil queriendo ser superhéroe, o entrometido, o alguien que la pueda importunar más, en ese exacto minuto, yo era todas esas opciones.

No hay frase válida para interrumpir la tristeza de una persona.

Seguramente no está triste, así es ella – pensé.
Volví a observarla, intenté encontrar un signo que me aclare si era tristeza o sus facciones, fue imposible no verlo, comisura de los labios levemente en ángulo hacia abajo, músculos superciliares arqueados y proyectados hacia la parte externa del rostro, ceño ligeramente fruncido y con depresión central, labios fruncidos, respiración entrecortada, sus manos alternaban frotando el pulgar sobre el dorso de la mano, a veces acariciaba su brazo izquierdo, sus ojos fijos en el suelo, en ocasiones negaba ligeramente con la cabeza, como discutiendo consigo misma. Definitivamente, era tristeza, estaba deprimida y preocupada.

Por alguna extraña razón no podía dejar de mirarla, recordé el artículo de las Chicas invisibles de Soldadito marinero, al fin había encontrado una chica invisible, pero no había forma en que yo pueda mover un músculo o articulara una palabra; la había encontrado únicamente para verla pasar.

Subimos al bus, cada uno por una puerta diferente, en el camino ella alternaba entre verme y ver al vacío, yo pretendía estar entretenido en el teléfono mientras la miraba por el reflejo del vidrio de la puerta.

Mi parada se acercaba, faltando poco le regalé una mirada, ella la sostuvo, le sonreí, ella esbozó una sonrisa y sus ojos tristes brillaron, incliné ligeramente mi cabeza y bajé del bus. Las puertas se cerraron detrás de mi, volteé a verla una última vez, ella me observaba y nos vimos alejarnos.

C.

Escrito mientras veo como Quito es cobijado por la noche, el brillo de las luces que empiezan a aparecer me recuerdan el brillo de esos ojos tristes que seguramente están a tantos cientos de kilómetros. Deseo volver a verla.

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